En el momento exacto y con la cocción justa, On the rock es uno de esos discos a punto caramelo. La consecuencia del vértigo por transformar la vida en canciones y tener que pagar a diario, como canta Leonard Cohen, el alquiler por ocupar un piso completo en la Torre de la Canción. Andrés Calamaro conoce de memoria los recovecos de ese paraíso-prisión, y no queda duda de que es un inquilino ejemplar. Vivir ahí es escribir sin pausa con la intuición como aliada y unos cuantos amigos para levantar esas esculturas que, una vez de pie, caminan solas por el imaginario social. Desde sus investigaciones sobre el origen de las mejores melodías (Hotel Calamaro, Nadie sale vivo de aquí) hasta las cumbres expresionistas como piloto bonzo (Alta suciedad, Honestidad brutal, El salmón), el Comandante Andrés vive en excursión permanente por los géneros populares, un gentil ilusionista que durante la última década viajó al país del tango (Tinta roja) y del bolero (El cantante) sin perder una gota de identidad: esa voz, criticada y amada, canta como se le da la gana y es su naturalismo, sentimental y honesto, el bate de béisbol que derriba prejuicios y proclama con vigor heroico todo lo que piden las canciones propias y ajenas. Está atento como un observador comprometido, ya sea desde su blog de combate o en sus últimos trabajos, y su lectura es descarnada y romántica; qué otra cosa se puede pedir de un artista que mastica incomprensión (El palacio de las flores) y fervor de masas (La lengua popular). La última muestra lo encuentra en un momento ideal, protegido por una banda de músicos ilustrados que entrenó en la feliz rutina de las giras interminables. On the rock suena a banda de salón y de estadios repletos. Al frente del batallón, Candy Caramelo oficia de productor mientras AC se convierte en un Bryan Ferry barrial que no se quita el traje a pesar de la transpiración. Atrás defienden y abren juego José "Niño" Bruno (batería) y Diego García (guitarra), en la base de un equipo con un montón de relevos e invitados. El disco puede escucharse como un soundtrack para el Bicentenario: aquí y ahora, en tiempo real, casi un grandes éxitos de las costumbres y pasiones argentinas ("Flor de samurái", "Gomontonera", "El perro"), desencanto y entusiasmo desmedido ("Me envenenaste") , melancolía existencial ("Insoportablemente cruel", "Todos se van") y ritmo de pueblo celebrando ("Tres Marías").
Como nunca antes, el Salmón oficia de maestro de ceremonia de un show continuado en que los invitados se lucen mientras él tiene el control total de la escena: el flamenco climático de "Los barcos", con el Niño Josele en guitarra y el gran Diego El Cigala en voz, es un ejemplo de genuina apropiación, en el que la letra es una gran versión moderna del tango "Como dos extraños" llevada más allá de nuestras fronteras oceánicas. Algo similar sucede con la bellísima "Te extraño", un bolero santanesco que admite sin contradicciones al rapero español El Langui. Menos feliz es la inclusión de Enrique Bunbury para interpretar la ranchera "Te solté la rienda" de José Alfredo Jiménez. Tanto los Calle 13 en "Insoportablemente cruel" como el crooner latino Vicentico en la cumbia "Tres Marías" ponen en juego aportes personales por encima de las típicas colaboraciones de rigor. Cada cual puede elegir su Calamaro para armar o unir todas esas facetas y disfrutar de un disco en total equilibrio o desequilibrio; es un simple juego de emociones, como cuando aparecen versos invencibles como los que acompañan la melodía flotante de "Todos se van": "Ataba con alambre los pedazos / de lo que alguna vez fue un corazón / del gran espejo interior / Y afuera donde es verano / todos se van / todos se van".

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